Todo lo que me hubiera gustado saber antes de llegar.

Las fotografías inspiran. Los videos emocionan. Pero conocer un destino antes de llegar puede cambiar por completo la forma en que lo vivirás. Aquí encontrarás todo aquello que me hubiera gustado saber antes de mi primer viaje.

1- Conoce el destino

Hay una palabra que, cuando hablamos de viajar, tiene un significado mucho más profundo de lo que parece: Destino.


Porque un destino no es solamente el lugar al que vas a llegar.
Es la forma en la que vas a vivir los próximos días.
Muchas veces elegimos un país porque vimos una fotografía espectacular, un video en redes sociales o porque alguien nos dijo que era un lugar increíble. Pero detrás de cada paisaje existe una cultura, una historia, unas reglas y una manera distinta de entender la vida. Hay destinos donde la libertad parece no tener límites y otros donde las normas forman parte de la vida cotidiana y se respetan con absoluta seriedad.
Hay lugares donde un gesto significa amabilidad y otros donde el mismo gesto puede interpretarse como una falta de respeto.
Hay países profundamente religiosos, otros completamente modernos; algunos donde la tecnología hace que todo sea increíblemente sencillo y otros donde las cosas siguen un ritmo mucho más tradicional.
Y ninguna de esas formas de vivir está bien o mal.
Simplemente son diferentes. Por eso, antes de hacer una maleta, siempre hay algo más importante que preparar: «nuestra manera de entender el lugar que vamos a visitar«. Investigar un destino no significa quitarle la emoción al viaje.
Significa llegar con la mente abierta, con más respeto por quienes viven ahí y con la tranquilidad de saber qué esperar. En esta guía no solo encontrarás información práctica. También descubrirás esas pequeñas cosas que, muchas veces, nadie te cuenta y que pueden hacer que disfrutes mucho más la experiencia desde el primer momento. Porque viajar no consiste únicamente en conocer un lugar.
También consiste en aprender a formar parte de él, aunque solo sea por unos días.

Hay algo que aprendí después de muchos viajes: el clima puede cambiar por completo la forma en la que recuerdas un destino.
Cuando pensamos en un viaje solemos imaginar monumentos, paisajes o la comida que vamos a probar. Pero pocas veces pensamos en algo tan sencillo como la temperatura, la lluvia o las horas de luz. Y créeme, eso puede marcar una enorme diferencia.
Hay un detalle que siempre recuerdo antes de hacer una maleta: tú eres quien debe prepararse para el destino; el destino nunca se preparará para ti.
Aunque tu vuelo dure apenas unas horas, al bajar del avión puedes encontrarte con un clima completamente distinto al que dejaste en casa. Quizá sea el primer invierno de tu vida, una humedad que nunca habías sentido o un calor que parece no terminar nunca.
Y no solo cambia la ropa que llevas.
También cambia la forma en la que vivirás ese lugar.
Hay países donde las estaciones son exactamente al revés que las nuestras. Mientras aquí disfrutamos el verano, al otro lado del mundo quizá estén en pleno invierno. Hay destinos que prácticamente mantienen la misma temperatura durante todo el año y otros que parecen transformarse por completo cada pocos meses.
Por eso, elegir cuándo viajar es casi tan importante como elegir a dónde viajar.
La temporada influye en muchas más cosas de las que imaginamos.
Influye en el clima, en la cantidad de turistas, en los horarios, en los paisajes, en las actividades disponibles.
Y, por supuesto, en el presupuesto, un mismo viaje puede costarte el doble dependiendo del mes en que decidas hacerlo. Hay destinos donde diciembre representa la temporada más alta y los precios se disparan, mientras que entre septiembre y noviembre puedes vivir prácticamente la misma experiencia gastando mucho menos.
Pero el dinero es solo una parte.
Lo verdaderamente especial es entender que cada destino tiene su momento perfecto.
Imagina caminar por Europa durante el otoño, cuando los parques parecen pintados a mano y el frío apenas comienza a sentirse.
Imagina Nueva York en invierno, con el aire helado, las luces navideñas iluminando cada avenida y esa atmósfera que hace que el frío valga completamente la pena.
Imagina Japón en primavera, cuando los cerezos florecen y convierten cada parque en una postal imposible de olvidar.
O imagina Tailandia al inicio del verano, antes de que el calor y la humedad se vuelvan protagonistas del viaje.
Son exactamente los mismos destinos.
Pero no son el mismo viaje.
Cada estación les regala una personalidad diferente.
Por eso, antes de elegir un destino, pregúntate también cuándo puedes viajar. A veces descubrirás que cambiar unas semanas en el calendario puede transformar por completo tu experiencia.
Porque los lugares no cambian únicamente con el paso de los años.
También cambian con las estaciones.
Y conocer el momento perfecto para visitarlos puede ser la diferencia entre hacer un buen viaje… y vivir uno que jamás olvidarás.

2- Clima y mejor época para viajar

Ahora que ya conoces un poco mejor el destino, es momento de descubrir cuándo es la mejor época para vivirlo. Porque un mismo lugar puede sentirse completamente diferente dependiendo del momento en que decidas visitarlo.

3- Cultura, costumbres y lo que nadie te dice

Ya sabes a dónde ir y cuál es el mejor momento para hacerlo, ahora algo importante: La cultura prepara tu forma de viajar, y créeme… eso puede marcar una diferencia enorme entre sentirte como un turista… o comenzar a sentirte parte del lugar, aunque solo sea por unos días.

Hay algo que descubrí después de viajar a varios países.
El mundo sería mucho más sencillo si todos viviéramos exactamente igual.
Pero, afortunadamente, no es así.
Cada destino tiene su propia personalidad.
Sus propias formas de saludar, de agradecer, de comer, de vestir, de hacer fila, de convivir.
Y precisamente ahí es donde comienza la verdadera aventura.
Porque viajar no consiste únicamente en cambiar de país.
También significa aprender, aunque sea por unos días, a mirar el mundo desde la perspectiva de alguien más, muchas veces creemos que basta con conocer los lugares turísticos, pero hay pequeños detalles que nunca aparecen en las fotografías y que pueden hacer una enorme diferencia.
Quizá en un país sea normal hablar fuerte en el transporte público y en otro todos viajen prácticamente en silencio, en algunos lugares una propina es casi una obligación; en otros incluso puede resultar incómoda.
Hay templos donde debes cubrirte los hombros antes de entrar, hay casas donde nunca se entra con zapatos, hay países donde mirar fijamente a una persona puede considerarse una falta de respeto y otros donde sostener la mirada transmite confianza.
No existen costumbres mejores ni peores, simplemente son diferentes.
Y entenderlas es una de las formas más bonitas de demostrar respeto por las personas que nos están recibiendo.
Con el tiempo entendí que los mejores viajeros no son quienes visitan más países.
Son quienes llegan con la curiosidad suficiente para aprender de ellos.
Porque viajar también significa aceptar que no siempre hacemos las cosas de la mejor manera.
Que nuestra forma de vivir no es la única y que, precisamente por eso, vale la pena salir a conocer el mundo.
Hay costumbres que probablemente te sorprenderán, otras te sacarán una sonrisa y algunas incluso terminarás adoptándolas cuando regreses a casa.
A mí me ha pasado más de una vez y creo que esa es una de las partes más bonitas de viajar, porque al final no solo regresas con fotografías, regresas con una forma distinta de entender a las personas y eso termina cambiando también la manera en la que ves tu propio país.
Antes de llegar a cualquier destino siempre intento hacer una pequeña investigación, no para memorizar todas sus reglas, sino para llegar con algo mucho más importante:
Respeto.
Porque cuando respetas la cultura de un lugar, dejas de sentirte como un visitante…
Y comienzas a vivir el destino como realmente es.

Una de las preguntas que más me hacen cuando alguien sabe que ya visité un destino es muy sencilla:
«Si solo tuvieras unos días… ¿a dónde me llevarías?»
Y, curiosamente, nunca respondo con una lista enorme.
Porque viajar no consiste en tachar la mayor cantidad de lugares posible.
Consiste en regresar a casa sintiendo que realmente conociste el destino.
Con los años entendí que menos también puede ser más.
Prefiero visitar cinco lugares con calma que correr por veinte únicamente para tomar una fotografía.
Por eso, cuando preparo una guía, no encontrarás absolutamente todo lo que existe en una ciudad.
Encontrarás aquello que, si yo regresara mañana, volvería a visitar sin pensarlo.
Esos lugares que me hicieron detenerme unos minutos.
Los que todavía recuerdo cuando cierro los ojos.
Los que recomendaría incluso a un buen amigo.
Pero hay otra parte igual de importante.
¿Cómo llegar hasta ellos?
Porque una buena experiencia también depende de moverse bien.
En algunos destinos el metro será tu mejor aliado.
En otros, caminar será la mejor forma de descubrir calles que jamás aparecerían en una guía.
Hay ciudades donde el autobús funciona de maravilla.
Otras donde vale la pena alquilar un coche.
Y algunas donde un tren puede convertirse en una experiencia tan bonita como el propio destino.
Moverse también forma parte del viaje.
No solo porque te lleva de un lugar a otro.
Sino porque muchas veces es ahí donde empiezas a sentir cómo vive realmente una ciudad.
Subirte al metro de Tokio.
Tomar un tranvía en Budapest.
Cruzar Ámsterdam en bicicleta.
Recorrer Nueva York caminando entre avenidas.
Viajar en un tren bala por Japón.
O simplemente perderte por una calle cualquiera sin tener prisa.
Todo eso también cuenta la historia del viaje.
Por eso, en cada guía encontrarás dos cosas muy sencillas.
Los lugares que, desde mi experiencia, no dejaría fuera.
Y la forma que yo considero más práctica, cómoda o interesante para llegar hasta ellos.
Porque al final no se trata únicamente de visitar un lugar.
También importa muchísimo cómo lo descubriste.

4- Lugares que no me perdería y cómo moverte

«Los mejores recuerdos no siempre nacen en los lugares más famosos. Muchas veces aparecen en el camino que te llevó hasta ellos.».

5- Lo que tienes que probar

Si hay una forma de conocer un destino con los ojos cerrados, esa es a través de sus sabores y sus aromas.

Cada país tiene una historia, pero también tiene un olor, un café recién preparado al abrir una pequeña cafetería, el pan saliendo del horno en una calle cualquiera, las especias de un mercado, el humo de un puesto de comida, el aroma del mar mezclado con un platillo recién servido.
Y créeme…esos recuerdos permanecen mucho más tiempo de lo que imaginamos.
Muchas veces decimos: «No me gusta.”,”No se me antoja.”,”Se ve raro.”,”Huele extraño.» y la realidad es que nunca lo hemos probado, nos dejamos llevar por la apariencia o por un aroma que no conocemos, pero viajar también consiste en abrir la mente… y, por supuesto, el paladar, porque descubrir un destino no solo significa recorrer sus calles, también significa sentarte a su mesa.
Con el tiempo entendí que hay sabores que simplemente no pueden viajar.
Podemos encontrar restaurantes italianos, japoneses o colombianos prácticamente en cualquier ciudad del mundo y muchos de ellos son extraordinarios, pero hay algo que cambia por completo cuando pruebas ese mismo platillo en el lugar donde nació.
No es lo mismo preparar una pasta en casa que comer una pasta fresca hecha esa misma mañana en una pequeña trattoria escondida en una calle de Roma, no es lo mismo probar pollo frito en una cadena internacional que descubrir cómo sabe realmente en Seúl, no es lo mismo tomar café todos los días que sentarte frente a una taza recién preparada en Colombia o en Bali, entendiendo por qué ese café existe gracias a la tierra donde creció.
Incluso algo tan cotidiano como una Coca-Cola puede sorprenderte. Sí…aunque parezca increíble, dependiendo del país, los ingredientes cambian, el agua cambia y hasta el sabor puede sentirse diferente.
Y esas pequeñas diferencias son parte de la magia de viajar, un mochi en Tokio, un matcha en Osaka, un nigiri preparado frente a ti en Kioto, un pandebono recién horneado en Bogotá, una arepa en Colombia y sé que algún día tendré que volver para probar también las de Venezuela.
Porque cada lugar guarda sus propios sabores y cada uno tiene algo que contar.
No quiero convencerte de que todo te va a gustar, eso sería imposible.
Lo que sí quiero es invitarte a que no cierres la puerta antes de intentarlo.
Atrévete a probar ese platillo que nunca habías visto, ese postre que no sabes pronunciar, esa bebida que alguien del lugar te recomendó con una sonrisa.
Tal vez descubras que no era para ti…pero también puede pasar algo mucho más bonito, que años después cierres los ojos…y el primer recuerdo que llegue a tu mente no sea un edificio, una plaza o un monumento, sino el sabor de un platillo que jamás volviste a probar.
Porque algunos viajes se recuerdan con fotografías y otros… se quedan para siempre en el paladar.

Hay una pregunta que escucho constantemente cuando alguien está pensando en viajar: «¿Cuánto cuesta ir a…?»
y, con el tiempo, descubrí que esa no es la pregunta correcta, la verdadera pregunta es: ¿Cuánto quieres que te cueste?
Porque los destinos, por sí solos, no tienen un precio lo que tiene un precio es la forma en la que decides vivirlos.
Muchas veces escuchamos frases como: «Japón es carísimo.”,”Europa es muy cara.”,”Tailandia es barata.» Y, aunque puedan tener algo de verdad, también pueden ser muy engañosas. ¿Por qué?
Porque cada persona viaja de una manera diferente.
Hay quien prefiere dormir en un hostal para invertir ese dinero en experiencias, hay quien disfruta hospedándose en un hotel con vista al mar, hay quienes comen todos los días en restaurantes reconocidos.
Y otros descubren los mejores sabores en un pequeño mercado local.
Ninguna forma de viajar es mejor que otra. Simplemente son diferentes y todas son igual de válidas.
El presupuesto de un viaje empieza mucho antes de comprar un boleto de avión, empieza con las decisiones que tú tomas, cómo quieres llegar, dónde quieres dormir, qué tipo de experiencias buscas, cómo piensas moverte, qué lugares quieres visitar y hasta qué pequeños antojos quieres darte durante el camino.
Cada una de esas decisiones construye un viaje completamente distinto.
Por eso, cuando alguien me pregunta cuánto cuesta visitar un destino, casi siempre respondo lo mismo: Depende del viaje que quieras vivir.
Porque un mismo lugar puede disfrutarse con un presupuesto muy ajustado o convertirse en una experiencia de lujo y ninguno de los dos está bien o mal, o importante es que el viaje se adapte a ti, no que tú tengas que adaptarte al viaje de alguien más.
Con el paso de los años aprendí que planear inteligentemente muchas veces vale más que gastar más dinero, encontrar la temporada adecuada, elegir el hospedaje que realmente necesitas, moverte de la forma más práctica y decidir en qué vale la pena invertir un poco más.
Eso hace una diferencia enorme.
Porque viajar no debería medirse por cuánto dinero gastaste, sino por todo lo que viviste mientras estabas ahí y esa, para mí, siempre será la mejor inversión.

6- ¿Cuánto cuesta realmente?

Después de descubrir un destino con los ojos, los pies y el paladar, llega el momento de hacer una pregunta igual de importante: ¿cuánto cuesta realmente vivir esa experiencia

7- Un consejo de Martino

Si pudiera sentarme contigo a tomar un café antes de que planearas tu primer viaje, probablemente no empezaría hablando de vuelos, hoteles o itinerarios.
Te haría una sola pregunta.

¿Qué viaje te hace sentir algo solo con imaginarlo?
Porque ese suele ser el correcto.
Muchas personas esperan durante años el momento perfecto para viajar.
Esperan tener más dinero, más vacaciones, más tiempo, más experiencia.
y mientras esperan… los años pasan.
Mi consejo es mucho más sencillo.
Elige un destino que te emocione lo suficiente como para dar el primer paso.
Uno que te haga despegar los pies de la tierra, abrir la mente y llenar el corazón.
No tiene que estar al otro lado del mundo.
De hecho, creo que los mejores viajeros no empiezan recorriendo continentes.
Empiezan descubriendo que son capaces de salir de su zona de confort.
Si nunca has viajado, empieza por un lugar donde te sientas seguro.
Un destino cuyo idioma, cultura o forma de viajar te permita disfrutar la experiencia sin sentir que todo es un reto al mismo tiempo.
Con cada viaje ganarás algo mucho más valioso que kilómetros recorridos.
Ganarás confianza y casi sin darte cuenta, un día estarás planeando ese viaje que hoy parece imposible.
Porque viajar también se aprende, se aprende a hacer una maleta, a perderle el miedo a un aeropuerto, a entender otro idioma, a subirte a un tren sin saber exactamente qué estación sigue y todo eso empieza con un solo viaje.
No con el más lejano, no con el más caro, con el primero.
Y si algo he aprendido después de todos estos años es que una buena planeación puede cambiar por completo la experiencia, no porque elimine los imprevistos, sino porque te permite dedicar menos tiempo a preocuparte… y mucho más tiempo a disfrutar.
Así que no busques el viaje perfecto.
Busca el viaje que hoy sí puedes comenzar.
Porque, muchas veces, ese primer destino termina llevándote mucho más lejos de lo que alguna vez imaginaste.

Hoy ya sabes un poco más sobre destinos, temporadas, culturas, sabores, presupuestos y todo aquello que me hubiera gustado conocer antes de viajar. Ahora solo falta una cosa.
Elegir el lugar donde comenzará tu propia historia.
Ojalá alguna de estas guías te ayude a dar ese primer paso.

Las fotografías inspiran. Los videos emocionan. Pero conocer un destino antes de llegar puede cambiar por completo la forma en que lo vivirás. Aquí encontrarás todo aquello que me hubiera gustado saber antes de mi primer viaje.